- XVIII Tiempo Ordinario – Ciclo C. Domingo 3 de agosto de 2025
- Lc 12, 13-21
Los textos que la liturgia nos propone para este domingo, subrayan la misma idea: en la vida hay cosas esenciales y otras que no lo son. La paradoja de nuestras vidas es que muy frecuentemente invertimos lo esencial y lo accesorio.
El pasaje del Evangelio lo afirma de esta manera: “La vida de una persona, incluso en la abundancia, no depende de lo que posee”. No sirve de nada pasar la vida acumulando, porque eso no nos garantiza la vida verdadera.
Entonces, podríamos preguntarnos ¿debemos no hacer nada y disfrutar solamente de la vida que pasa?
El libro del Eclesiastés, del cual se toma la primera lectura, no dice que no hagamos nada, sino que aceptemos lo que la vida nos da y disfrutemos de lo que vivimos, reconociendo lo que es esencial de lo accesorio. Podemos percibir una invitación al abandono a la gracia de Dios. Esta sabiduría nos enseña a desprendernos y vivir en libertad ante los bienes materiales ilusorios, sabiendo al mismo tiempo disfrutar de ellos cuando se nos presentan.
La carta a los Colosenses y el Evangelio van más allá que el Eclesiastés. Se trata de acumular, pero no bienes materiales. Pablo las llama las realidades de lo alto. Pablo las enumerará varias veces, son los dones del Espíritu: paz, amor, benevolencia, templanza. Se trata más bien de acumular las gracias espirituales que Dios nos da, viviendo de su Espíritu. La unidad en el Espíritu, el amor al prójimo, la oración, la preocupación por los pobres, la visita a los enfermos y a los presos son las riquezas que debemos acumular para ser felices, en otras palabras, para ser salvados (cfr. Mt 25, 31-46).
Eclesiastés y el Evangelio coinciden en subrayar que el objetivo de la vida del ser humano es la felicidad. La verdadera felicidad no se encuentra en la acumulación de bienes materiales, sino en vivir en Dios y en mis relaciones con los demás hombres y mujeres de nuestro tiempo. Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo es la fuente de esa felicidad que no proviene de la acumulación de bienes, sino de aquello que enriquece mi vida con alegría y paz interior. De esta manera podemos alcanzar la salvación que Dios quiere para mí.
Por P. Carlos López, S.J.





