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David Chali, candidato a la Compañía de Jesús, comparte un retrato sincero y cercano del Mochilazo, una experiencia que reunió a candidatos de distintos países para compartir y caminar juntos al encuentro de Cristo, que fue el centro de la experiencia.

El mochilazo jesuita fue una experiencia que nos reunió a candidatos de distintos países, llamados a caminar juntos, a compartir y conocernos en el camino. El centro de esta experiencia fue Cristo.

Como candidato a la Compañía de Jesús, mi propósito era conocer la misión, caminar junto a los compañeros con quienes el Señor permitió compartir la peregrinación y, al mismo tiempo, de llevar a Cristo a las familias de las comunidades.

El ascenso, aunque emocionante, también nos puso frente a muchos desafíos. Cruzamos por ríos y laderas, nos metimos en el lodo y caminamos bajo la lluvia. En algunos tramos, los vehículos nos permitieron avanzar parte del recorrido, pero la parte más exigente del camino, la que nos llevaría a la cima, tuvimos que recorrerla a pie. En el arte de ascender, la montaña es una imagen clara de la vida: un camino cuesta arriba, ciertamente difícil, en especial cuando llevamos cargas que ralentizan nuestros pasos, pero que es precisamente ese camino exigente el que nos conduce al cielo.

Mientras avanzábamos, íbamos encontrando casas en la montaña que abrían sus puertas para recibir a Jesús. Muchos salían a su encuentro, esperándolo desde puertas y ventanas, otros reunidos en la entrada de la comunidad, para finalmente compartir la Eucaristía desde la pequeña iglesia que nos acogía a todos. Cada delegado y cada familia buscaba la manera de encontrarse con Aquel de quien preparaban el nacimiento y cuya presencia esperaban. No solo dieron de comer a un candidato, ni de beber a un sacerdote, ni hospedaron a un grupo de peregrinos cansados; hicieron vivas las bienaventuranzas al encontrarse, aún más profundamente, con el Cristo que predican y hacen visible con su testimonio de vida.

Nosotros, que recién comenzábamos a conocernos, que iniciábamos a formar una pequeña comunidad andante, también nos encontramos con Aquel que llevábamos. Más aún, en cada casita, en cada comunidad y en cada paso, Él ya nos estaba esperando. Nos esperaba en la familia que compartía con nosotros el fruto de su trabajo, en quienes dieron lo mejor que tenían a los peregrinos que les visitaban. Estaba en esos padres que por una noche dormían en el suelo para que tuviéramos un colchón. Con ellos, Cristo nos recordó su paso por nuestra vida y que en ellos encontramos “a nuestra madre y nuestros hermanos”, en los que hacen la voluntad del Padre (cf. Mt 12,50).

El ascenso es difícil y la cima es ese horizonte que nos mueve para seguir conociendo lo extenso de la misión. En el camino hay casitas que esperan a Jesús y que, al mismo tiempo, permiten al peregrino encontrarse con el mismo Cristo que siguen y que busca anunciar con su vida. Y mientras se avanza, también es necesario aprender a levantar la mirada y disfrutar el paisaje, junto a los compañeros con los que Dios decide enviarnos para la mayor gloria de Dios.

David Chali.