Por: Carlos Josué Méndez Díaz S.J.
Al iniciar un nuevo año y retomar el ritmo cotidiano —el trabajo, los estudios y los compromisos de cada día— es bueno volver la mirada a lo que hemos celebrado en la Navidad y a su significado más profundo. En esos días recordamos el nacimiento y la encarnación de un Dios que se hizo humano para salvarnos. Las luces, los regalos, la comida y la bebida fueron signos que quisieron acompañar ese acontecimiento decisivo de la historia humana, y no sustituirlo ni opacarlo.
La Iglesia nos ofreció distintos espacios para contemplar este misterio: las misas, los retiros, las posadas y las celebraciones. Todo esto nos ayudó a redescubrir algo siempre sorprendente: Jesús, Rey y Creador del universo, nació en la pobreza, la sencillez y la fragilidad. El mensaje fue claro y sigue siendo actual: Dios eligió lo pequeño, lo humilde y lo vulnerable para hacerse presente.
Por eso la Navidad fue motivo de alegría para toda la tierra: nació el Salvador de todos y de todas. Cada persona lleva también su propia pobreza y fragilidad, y es precisamente ahí donde Dios quiso nacer. Al comenzar este nuevo año, podemos acoger lo vivido en la Navidad y abrir el corazón para que ese Dios que ya vino siga habitando en nosotros y renovándonos desde dentro.
Así, fortalecidos por esta experiencia, podemos volver a la vida diaria con un compromiso más claro por la paz, la amistad, la alegría, la justicia, el amor, la fe y la esperanza. Y a tí, al empezar este nuevo año, ¿qué te deja la Navidad 2025?





