III Domingo del Tiempo Ordinario – Is. 8, 23-9, 3. Salmo 20. 1 Cor. 1, 10-13. 17 . Mt. 4, 12-23
El Evangelio nos muestra a Jesús comenzando su misión en un momento difícil. Juan el Bautista ha sido encarcelado, una voz que denunciaba la injusticia ha sido silenciada, y el ambiente está marcado por el miedo y la incertidumbre. En ese contexto, Jesús inicia su misión anunciando:
«Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca».
Esta frase orienta todo su mensaje. Jesús proclama que el Reino ya se está acercando, incluso cuando la realidad es dura. Por eso invita a creer: a abrir el corazón a la confianza de que Dios puede obrar en medio de lo que parece cerrado. De esa confianza nace el arrepentimiento, entendido como un cambio de dirección que brota de una mirada nueva sobre la realidad.
Jesús acompaña su anuncio con su propia forma de vivir. Comienza en Galilea, una región pobre y olvidada, y allí llama a jóvenes trabajadores, pescadores que viven del día a día, gente por la que pocos apostaban. Los invita a caminar con Él y a dar testimonio de que el Reino de Dios está presente ahora y que seguirá creciendo, como una semilla pequeña que encierra una gran promesa.
Este modo de actuar realiza la antigua promesa de Isaías: un pueblo que camina en la oscuridad comienza a ver una luz. No se trata de una noche que desaparece de inmediato, sino de una historia herida en la que Dios permanece y abre un camino nuevo.
San Pablo escribe también a una comunidad frágil y dividida. No la descarta ni la juzga; la invita a recuperar el centro. Cuando la comunidad se deja llevar por intereses propios, pierde claridad; cuando vuelve a poner la mirada en Jesús, la luz reaparece y la comunión se reconstruye.
Todo esto nos deja una buena noticia, sencilla y profunda: Dios actúa desde la fragilidad, desde la noche y desde los márgenes.
Señor, enséñanos a creer en medio de la dificultad, a reconocer tu cercanía y a dar testimonio de tu presencia discreta y siempre creciente.
Por Promoción Vocacional CAM





