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Comentario al Evangelio Mateo 2, 1-12. Epifanía del Señor.

Hoy celebramos la Epifanía del Señor, es decir, que Dios se manifiesta, que decide dejarse ver. Y lo hace de un modo que siempre sorprende: no desde la espectacularidad ni el ruido, sino desde lo pequeño, lo sencillo y lo cotidiano de la vida, incluso desde sus dificultades.

El profeta Isaías lo expresó con una imagen sencilla: hay oscuridad, sí, pero en medio de ella se enciende una luz. Esa imagen se parece mucho a nuestra propia realidad, marcada por alegrías y cansancios, por búsquedas y preguntas. Y, sin embargo, desde la fe seguimos confiando en que Dios no nos abandona, sino que va dejando señales en nuestro camino.

El Evangelio nos habla precisamente de eso: de unos extranjeros —a quienes la tradición llama los reyes magos— que no pertenecían al pueblo elegido ni compartían la misma fe. No tenían todo claro, no sabían exactamente a dónde llegarían, pero supieron leer un signo y se pusieron en camino. Confiaron en una luz tenue, pero suficiente para no detenerse.

Cuando finalmente llegan, no encuentran un palacio ni un Dios rodeado de poder y grandeza, sino a un niño frágil, envuelto en la pobreza y la sencillez de una familia común. Allí descubren que Dios no se impone, sino que se ofrece; que no se manifiesta en la fuerza que aplasta, sino en la vida que se cuida y que se deja cuidar.

Y esta experiencia no deja a nadie fuera. Como dirá san Pablo, la promesa no tiene fronteras: Dios no descarta pueblos, culturas ni historias. Dios se hace presente cuando se reconoce la dignidad del otro, sobre todo cuando es distinto, cuando es extranjero, cuando cree de otra manera. En el cuidado mutuo, en la fragilidad compartida y en la ternura, Dios sigue revelándose.

Por eso, la Epifanía nos invita hoy a tres actitudes muy concretas. Primero, a ponernos en camino, confiando en los signos sencillos que Dios va sembrando en nuestra vida cotidiana. Segundo, a disponernos a reconocer su presencia no en lo espectacular, sino en lo pequeño, en lo humilde, en lo de cada día. Y tercero, a descubrir que Dios se manifiesta cuando reconocemos y cuidamos la dignidad del otro.