Mt 3,13-17 Bautismo del Señor
La vida es sagrada. Cuando alguien nace, se da la oportunidad de acoger esa realidad otorgada por el Señor, cuidando, protegiendo y orientando su camino desde los valores del Reino. Los muchos preparativos y cuidados que se tienen, incluso las dificultades de un proceso de gestación se concretizan en la paz recibida al tener en brazos al ser querido que llega. El grupo cercano acoge, cuida y educa; para ello, también es importante reconocer los cuidados espirituales, el primer paso se da con las santas aguas del Bautismo. Este momento tan especial, nos incorpora a la gran familia eclesial, e imprime nuestra vinculación como hijos de Dios, amados y agraciados.
Tan gran regalo conlleva una triple consagración: sacerdote, rey y profeta; la cual nos ubica en una vida desde el Santo Espíritu, para así vivir según el modo de proceder del Señor. El sacerdocio que nos llama a servir a Dios de corazón; nuestra realeza asociada al Rey de reyes, implica la conciencia de pequeñez por tan gran misterio; y profetas, para anunciar el mensaje salvífico del Señor, que procura transformar corazones y realidades, imprimiendo los valores del Reino en cada obra que se realiza.
Jesús, el Hijo de Dios, haciéndose semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, también fue bautizado. En este momento “se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él” (Mt 3, 16); se queda el Señor entre nosotros, se acerca lo que estaba distante, cielos y tierras se abrazan, empezando una nueva etapa de salvación. Se consagra a Cristo para una misión de amor que le llevará a dar la vida hasta las últimas consecuencias, en la cruz.
Ante ello, nosotros, bautizados y consagrados, acogemos la profecía como encargo constante para testimoniar el regalo recibido. Se nos lanza al mundo para ser profetas del Amor en cuanto a que le pertenecemos, somos sus hijos y Él es nuestro Señor, el Eterno Señor de todas las cosas, el Rey Eternal, como anotamos en nuestra espiritualidad ignaciana. Solo en su Amor podemos encontrar la fuente inagotable de la vida, sabiéndonos en sus manos y fuera de otros reyes con minúscula.
De igual modo, desde nuestra realidad de bautizados nos compete ser profetas del Amor, en cuanto que es el mensaje que hemos recibido y debemos compartirlo, ser testigos del amor, amando y sirviendo a los demás. Suficiente mala noticia existe en el mundo, para convertir nuestra vida en una realidad desamorada, inhumana, lejana del Señor. Por ello, asumiendo la valiosa vida que el Señor nos ha dado, acogiendo el modo de proceder del Señor, sabiéndonos en sus manos y procurando en todo amar y servir, ¿te animas a ser profeta del Amor?
Afmo. en Cristo
P. Juan Gaitán S.J.





