Domingo II Tiempo Ordinario. Ciclo A: Juan 1,29-34
Juan el Bautista es una figura crucial en el Nuevo Testamento, en particular en los evangelios. Quizá hoy nos cueste ser conscientes de la «magnitud» de su persona y de la impronta tan grande que dejó entre el pueblo, pero ya una lectura general de los evangelios nos permite acceder al problema de su autoridad. En todos los evangelios Juan es presentado como un profeta de gran prestigio, reconocido por su discurso apocalíptico y buscado tanto por el pueblo sencillo como por altos funcionarios. Juan es un hombre reconocido.
Si bien es verdad que en los evangelios Juan el Bautista siempre afirma que él sólo es un predecesor del que tiene que venir, la verdad es que su figura no pasa desapercibida. Incluso al mismo Jesús le atribuirán ser una especie de «resurrección del bautista»; y en sus propias palabras «no hay hijo de mujer mayor que Juan el Bautista. Y, aun así, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él» (Lc 7,28). Juan es un hombre de gran importancia para el Nuevo Testamento, y la vida de Jesús no puede ser desligada de la vida del Bautista.
Esto lo entendió bien antiguamente el pueblo de Dios. Basta un rápido recorrido por pinacotecas de cuadros medievales o del renacimiento para ver cómo el Bautista fue un santo «muy popular». Se le retrató muchísimo en el arte religioso y se le tuvo como patrón de familias, pueblos, iglesias o comunidades. Juan fue una figura top media en el mundo religioso, un protagonismo que no era gratuito, sino que correspondía al testimonio evangélico. La comunidad de los que seguían a Juan representó siempre una comunidad importante, influyente en su tiempo.
Por eso, el Evangelio de hoy es tan buena noticia. Nos dice que Juan el Bautista ubica adecuadamente su misión y el sentido de su vida. No le interesa que nadie lo confunda con el auténtico, con el que debe venir. Es un servidor, y está al servicio de uno que sí tiene palabras de vida eterna y que es «luz en la oscuridad». Juan señala al Cordero de Dios (ese que salva porque se implica en nuestra historia), al hombre donde se posa el Espíritu (que nos puede enseñar el camino a Dios), y al Hijo de Dios (que nos revela que todos somos hermanos en el Padre que a todos ama).
Juan el Bautista es un hombre del Nuevo Testamento, profundamente evangélico, no quizá por su mensaje sino por su hacer, por su actitud. Teniendo todo para ser él el protagonista, el centro, el más digno… se abaja, refiere al auténtico, renuncia a su prestigio, y pone a Jesús a la mirada de todos. Pudiendo ser considerado el mesías, Juan nos dice que la salvación no viene de él, sino del Cordero que se entrega en medio del pecado del mundo.
Juan entrega el testimonio. El Bautista ni se la cree para sí mismo, ni permite que otros se la crean. Juan sabe apartarse y no confunde lo accesorio con lo esencial. En tiempos de mesianismos y liberadores a fuerza de violencia, que se anuncian a sí mismos como la salvación; ¡cuánto bien nos hacen estos Juanes! Necesitamos hombres y mujeres como Juan: profetas de esperanza, que anuncian al que viene a salvar, sin nunca confundirse con los salvadores. Nosotros sólo preparamos el camino, pero hay otro que es el auténtico Camino, Verdad y Vida. Donde los «fuertes» de este mundo viven del reconocimiento forzado y de la popularidad a cualquier precio, Juan nos enseña a desinflar nuestro ego y vivir en clave de servicio y anuncio. ¡Sigan a «ese» Cordero! Porque en medio de las fieras, el Cordero está inaugurando una nueva forma de vivir. ¡Vayan y vean al verdadero salvador!
P. José Javier Ramos Ordóñez, S.J.





