Por: P. José Javier Ramos Ordóñez, SJ.
El evangelista nos cuenta hoy una historia, es el inicio de un relato más amplio que el de la anunciación a María, o el sueño de José, o el propio nacimiento de Jesús. Los evangelios nos cuentan hoy el inicio del mismo Evangelio.
Cristo entra en el mundo naciendo fuera de la Ley, entra como el salvador de los pecadores, entra desde los márgenes de lo tolerado (dentro de una familia extraña y problemática). Entra como Emanuel, Dios con nosotros.
Su entrada no es contra nosotros, ni sobre nosotros, ni siquiera a pesar de nosotros. Es con nosotros; más adelante el Evangelio nos revelará que este Dios solidario incluso está a merced de nosotros. Este es el amor revelado hoy. Dios entra en nuestra historia –y en nuestras historias– implicándose con nosotros, y pone su cuna de descanso en los márgenes de nuestra vida.
Nada de lo nuestro le asusta, es más, entra en la extrañeza de una madre que gesta virginalmente, en la periferia de un pueblo olvidado. Dios entra desde donde “no debería” entrar y ese es el don desafiante que hoy celebramos como cristianos.
Pero esto es solo el inicio del Evangelio, si queremos seguir descubriendo cómo él entra en el mundo, tendremos que seguir escuchando la historia: Cristo entra en el mundo cuando todo lo perdona, cuando toca los cuerpos impuros y fétidos de los enfermos y descartados, cuando relativiza la Ley y el Templo respecto a la compasión y la misericordia.
El Evangelio cuenta el nacimiento de un niño, pero no es ningún cuento para niños. No estamos delante de una fábula sobre la bondad de Dios, es el anuncio –en forma de cuerpo frágil y necesitado de bebé– del modo que Dios salva y nos llama a compartir su salvación. Es el llamado a ser bondadosos como el supremo bon-dador. Es su palabra de conversión para nosotros.
El niño frágil es el modo en que Dios nos pide que sean nuestras relaciones, que nos relacionemos como el Emanuel, porque esa manera de existir es la vida auténtica. La vida de ese niño es la verdadera vida. Dios nos regala el cuerpo y la historia de su hijo, para que todos podamos tocarlo, pero también para que toquemos como él. Cristo nace cada día, entra nuevamente en la historia cuando se actualizan los gestos y las palabras del Emanuel a través de nuestras vidas.
Cada vez que somos Buena Noticia para otros, bálsamo en sus heridas, consuelo en sus angustias, pan en sus mesas vacías… en ese momento, Dios hace nacer al Salvador.
Dios hace nacer al Salvador cuando brota la justicia y la misericordia, en cada gesto justo Dios está naciendo, y, al mismo tiempo, nos está salvando. Pero fieles al Evangelio, no deberemos olvidar que su salvación tiene la fragilidad propia del cuerpo de un bebé. No es una salvación prepotente, abusiva, fuerte, impuesta por la letra de la Ley.
Es una salvación que debemos cuidar con delicadez, que será exiliada a Egipto, una salvación marginal y débil. Dios nos salva con cuerpo de bebé, necesitado de muchos que se impliquen en su crianza. Dios nos salva en proceso de gestación. Esa salvación podrá madurar en la medida que se le cuide fatigosamente (la salvación madura se llama: Reino de Dios); pero ésta necesita cuidadores y cuidadoras de la fragilidad de Dios.
El Evangelio nos habla de los dos primeros cuidadores de la salvación frágil: María y José. Ellos son los que con trabajo y dedicación sostienen la vida de Jesús. Es un trabajo silencioso y escondido, y que sólo después de muchos años creará comunidad.
Pero en el camino, María y José irán creando vínculos que conspirarán junto a ellos para cuidar a Dios-con-nosotros: los pastores, los magos, Simeón, Ana, Zacarías, Isabel, Juan… hombres y mujeres cuidadores del salvador.
Esa “salvación en pañales” hay que cuidarla entre todos. Todos somos responsables del Emanuel. La magnitud de esta tarea quizá nos abrume y a pesar de considerarnos entre los justos, tal vez un día pensemos en abandonar esta misión. Repudiarla en secreto, dejar sola a las Marías de la historia y que ellas solas carguen y cuiden esta salvación frágil.
Pero es ahí donde el ángel sale a nuestro encuentro y nos recuerda la promesa: “No dudes en implicarte en esta historia, lo que está gestándose es fruto del Espíritu Santo. Vale la pena cuidar lo pequeño, lo frágil, esta débil salvación”. Los frágiles gestos de amor salvan el mundo. Ciertamente que los prepotentes de la historia dirán que esto no es así, que la salvación acontece por la fuerza y que todo lo demás es ingenuidad. Pero hoy, Dios anuncia que es frágilmente que el Salvador entra en la historia.
Cristo entró al mundo de la siguiente manera… éste fue el Evangelio que escucharon los primeros cristianos y en el cual encontraron tanto gozo. Ésta es la Buena Noticia que nosotros hoy escuchamos también, para que nuestro gozo sea auténtico y nuestra esperanza la más real de las promesas que están por venir.
¡Feliz navidad, feliz fragilidad!





